martes, agosto 08, 2006

Un ángel y sus miedos ...II




Un ángel y sus miedos (segunda y última parte)

Al iniciar el descenso no quiso pensar en nada, sólo en esa misión encomendada y en ser –por fin—terrenal. El vértigo de la caída no era comparable con la sensación de vacío de su vientre de plata.

La armadura era pesada y esto sólo provocó que los viejos peldaños de madera de la escalera que lleva al cielo se fracturaran y lanzaran astillas filosas que, tiempo después, se convirtieron en fardos lunares.

Nada importaba ahora. Cuando tocó con su delicada piel el barro sudoroso de la tierra y por primera vez percibió el aroma nauseabundo del café, sintió el indescriptible escalofrío recorrer su espalda. Desde aquel momento se le vio una cabellera abundante; con rizos mágicos de obsidiana.

Qué decir de sus ojos, qué comentar sobre su piel y sobre su sonrisa labrada a través de los siglos en una pequeña ciudad de orfebres conocida como "Esperanza". Un pueblo salpicado por el vaho de millones de ángeles, e iluminado por aureolas de luz solar, que vistas desde el peñasco de piedras azules, parecen luciérnagas doradas en búsqueda de su oportunidad.

Los primeros pasos fueron dubitativos. La confianza tardó en llegar, o más bien, ésta nunca llegó, porque el actuar humano siempre tiene la cualidad de la dualidad. Nunca se acostumbró a este actuar, pero ante esa espada terrenal interpuso un escudo, un pedazo de metal infranqueable que le permitió sacudirse de aquellos que obraron mal.

En ese círculo dorado fundió orgullo, impaciencia y venganza. Era natural. Un ser divino no tiene contemplaciones de ningún tipo, y más tratándose de este ángel de sentimientos puros, de manos sinceras, de piernas de sal.

--No sabes lo que quieres, le dijeron algún día, y sin meditar, sin escuchar el silencio, ese sonido que por más que se niegue tiene muchas connotaciones, decidió cubrirse de la andanada humana con su círculo de metal.

Cada palabra era un rechazo, cada melodía una lágrima, cada caricia un pedazo de esperanza que la hiciera sentir segura...terrenal.

Bajo el torrente de la sierra, el ángel buscó con desesperación alcanzar el relámpago, cabalgar la nube pendenciera que habitaba en la oscuridad. Corrió de una ceiba a otra, del huizache al sicomoro y de la palmera al olmo. Fundió sus lágrimas en mares y alimentó los ríos con la sal diáfana que descendía por sus mejillas de hojarasca.

Habitó en corazones impregnados de metamorfosis. En cada uno dejó su esencia y su rabia. Algún día pensó que sus alas le estorbaban, que no era posible ser feliz con estos conos de plumas blancas.

El momento había llegado, y creyó que en este diminuto espacio universal se viene a vivir de instantes, mas no del compromiso que tiene la hoguera: el de iluminar la noche hasta que pase el diluvio de la oscuridad.

Al dar cauce a su teoría, el ángel arrastró detrás de sí más rencor, y acumuló sentimientos adversos para un horizonte cada vez más fugaz. Se perdió una criatura, un ángel de paz y esperanza. No había vuelta atrás.

Sabe que el perdón no existe para ella, lo sabe porque la estela de luz ahora es su guardián. Pero ese soldado que ofreció a Dios no sólo la perdonó, sino que vigila cada instante de su labor celestial.

Sus ojos inyectados de sangre la delatan desde aquel día, por eso ahora vive a la defensiva. Tiene razón. Y tan la tiene que su fortaleza nunca se ha doblegado y su puerto espera paciente su feliz arribo.

Siguió su trayecto. Ahora más pausado y precavido. Disfrutaba el aroma de la miel y el olor lejano de la guanábana. Se sumergió en las letras y acarició relatos devastadores que adormecían sus noches. Fue margenta y veneno, río y desierto, tundra y bosque, dragón y guerrero.

Fue pecblenda y terciopelo, hoja seca y fuego, ventana y espejo. El crepúsculo la tatuaba y después era viento y silencio, sangre y firmamento, agua y aliento. De frente al sol soñaba ser mar y amuleto, vaho y conocimiento, roble y deseo.

Así pasaba sus días, cicatrizando sus heridas, fundiéndose en almohadas somníferas como drogas en la madrugada. Así padecía su dolor, a la sombra de sus alas y a la luz de un nuevo mañana.

Ese lapso fue determinante para observar su entorno. La injusticia y el odio la estremecieron. Asimiló lo que años antes le habían contado e inició un viaje sin retorno.

Pero el destino tiene la cualidad de ser pendenciero, y existe el rumor de que hay individuos que tratan de disfrazarse y robarse los sueños a base de engaños. El ángel sabía esto, mas su dolor la cegó aquel momento.

Un sueño difuso: una corona de espinas clavándose en sienes de nieve, cabellos oscuros esperando recibir a la bestia de plata; espaldas laceradas con fragmentos de clavos filosos; manos orantes suplicando la salvación del verbo; ojos perdidos en un cielo en forma de hostia nívea; brazos extendidos al dolor de un futuro sin esperanza...Y en medio de todo eso, un anillo de oro y diamantes.



El ángel no comprendió el significado del sueño, y emprendió un camino cargado de profecías, pero a la vez de sufrimiento.

La capacidad de asombro nunca se perdió, y fue por ese mismo motivo por lo que el ser celestial amanecía entre sudores helados cada madrugada. "Volar es sólo cualidad vuestra", escuchaba un murmullo en las interminables noches de argamasa y afrenta.

Y el significado del sueño se fue esclareciendo. Primero vestido de blanco y después de negro, primero como lienzo transparente...más tarde con la arena del lacerante tiempo.

Fue un golpe fatal. Y por un momento parecía que el ángel desistiría de su misión. Fueron días de veneno y metal, de ruinas y de un sabor amargo que bajaba lento desde la garganta hasta el vientre.

Fue el preludio de días de encuentro. Instantes que la vida pone ante los ojos de los ángeles caídos y que enseguida éstos se aprovechan...Instantes de dolores mutuos y recuerdos frescos.

Nunca se puede predecir el encuentro de dos ángeles. Nunca seres tan comunes lograron sacudirse la materia pasajera para coincidir en el tiempo. Jamás una copula se había saturado de tanta energía, de partículas estelares y de palabras sólo escuchadas en el cielo.

Ahora dos seres alados compartían las mismas penas, los mismos sufrimientos. Veían juntos el alba. No dormían para paladear en cada segundo su presencia. Compartieron valles, lágrimas y sangre. Disfrutaron palabras, aromas y errores.

Es verdad que muchas veces cayeron de bruces ante su realidad, pero eso no les importó, porque sabían que juntos llegarían a su puerto.

Nadie culpará a nadie. El sonido de sus voces los signó para siempre. Ellos saben que se comunican con la mirada, con un gesto; a miles de kilómetros y en cada sueño de la madrugada.

Enfundado en un abrigo negro, con unos pantalones percudidos de esa pelusa que producen las plumas de estas pesadas alas, camina un ángel de cabellos rizados que se pegan en su cara por la incesante lluvia de agosto. Sus pies pisan los charcos que se acumulan en los rincones de las calles desiertas.

Piensa en el orgullo, en el capricho y en la impaciencia. En los reproches y en el dolor de su pequeña silueta. Recrea su corazón palpitar con fuerza, y juntar su sonido con el de ella.

Ahora él está en un rincón. En posición fetal y lamiéndose sus costras una y otra vez. Voltea al sol que se oculta detrás de un cielo gris cargado de llanto. Quiere arañarlo pero aquí está su misión. Y sólo pide que el día que sea reclutado de nuevo para ser terrenal, esté allí ese ángel y sus miedos.



RIVELINO RUEDA...

1 comentario:

Lúa- Haberlas, hailas... dijo...

perdona mi ignorancia, pero no conozco a este autor, aunque ahora intentare hacerlo.